amor incondicional

Aprender a amar y a ser amado de forma incondicional es una de las herramientas más poderosas que existen de transformación personal y de reconciliación de una persona consigo misma.

 

Los mecanismos psicoemocionales del amor, (búsquedas, fantasías, proyecciones)

 

Existen distintos motivos por los cuales las personas se enamoran. Algunos motivos responden a patrones psicológicos conocidos. Resulta esclarecedor comprender en qué patrón psicológico o emocional encaja una determinada relación, sobre todo para saber si la fantasía ha ocupado el lugar legítimo del amor. La fantasía tiene un lugar en el amor, es divertida y ayuda a sobrellevar las dificultades iniciales de una relación, pero si pretende convertirse en los cimientos de una relación, la realidad se encargará de hacer añicos nuestra relación amorosa fantasiosa.

 

Ánima-animus: sentimos amor pasional cuando conocemos a una persona que refleja aquellos elementos que no expresamos de nuestra personalidad. Los hombres se enamoran de una mujer que refleja su ánima, o lado femenino oculto. Las mujeres se enamoran cuando conocen a un hombre que refleja su animus, es decir el lado masculino oculto de su personalidad. Conocer a nuestra ánima o nuestro animus nos hace sentir completos, como si por fin hubiésemos conseguido algo que nos ha faltado toda la vida.

 

Lo irónico de esta situación es que aunque sentimos amor pasional, en realidad no amamos a la otra persona sino a nuestra parte oculta, a través del amado. Creemos que amamos a la otra persona porque la necesitamos para sentirnos completos. A lo largo de esta relación amorosa podrían ocurrir dos cosas:

-que intentemos agarrarnos a la relación porque necesitamos sentirnos completos, aunque la realidad probablemente rompa la magia y la fantasía. En ese caso intentaremos empezar de nuevo con otra persona similar:

-que intentemos asimilar o expresar aquello que amamos en nuestra pareja (y que nos cuesta manifestar). A medida que integremos los elementos ocultos de nuestra personalidad necesitaremos cada vez menos a nuestra pareja. La viabilidad de la relación dependerá entonces de qué otros elementos nos unen.

 

La proyección es otro mecanismo muy habitual en las relaciones humanas. Cuando nos enamoramos a veces reconocemos un elemento de nuestra personalidad en el otro. Inmediatamente proyectamos elementos adicionales e imaginados en el amado: si él nos dice, por ejemplo, que le gusta la literatura, imaginamos que también le ha de gustar la poesía, como a nosotros, y que, por tanto, se trata de un ser tierno y apasionado.

 

En realidad él es un hombre pragmático y reservado, un devoto cervantino que rehúye las lecturas románticas -devoto, sí, pero no en el sentido que esperábamos-. Las horas felices que habíamos imaginado a su lado leyendo a Neruda a la luz de la lumbre se esfumarán sin piedad en la primera velada que pasemos juntos: es probable que acabemos sentados en un teatro incómodo, mirando alguna obra histórica repleta de soldados romanos blandiendo espadas y que el cumplido más romántico que escuchemos sea “era tan buena escudera como Sancho Panza”.

 

Cada descubrimiento acerca del otro da cancha a la realidad para hacer añicos nuestra fantasía. Cualquier cosa que la persona diga o haga de forma diferente a la imaginada por nosotros destruye nuestro mundo inventado. Demasiada fantasía proyectada en el otro resulta incompatible con una relación de amor. Una mirada objetiva y una buena dosis de sentido del humor ayudan a poner las cosas en perspectiva.

 

La intimidad asusta a muchos adolescentes y a bastantes adultos. Les resulta más seguro enamorarse de sus proyecciones -pretendemos que el otro es exactamente lo que nosotros queremos que sea- o intentar convertirse en la proyección de la pareja: si pretendemos ser lo que él o ella desea, es probable que no deje nunca de querernos. En ambos casos no existe una intimidad real y evitamos ver partes de nosotros que nos asustan o desagradan. La debilidad, la inmadurez, la inexperiencia sexual o emocional, todo sale a la luz en una relación íntima.

 

Algunas personas no quieren enfrentarse a esta parte oscura y mucho menos admitirla ante otra persona. En cambio, si son actores de una relación que es un mero espejismo, no hace falta conectar íntimamente con la pareja y enfrentarse al lado oscuro de la vida. Algunas personas rompen una relación si temen que les obligue a conectar íntimamente con otra persona.

 

Existen personas que se empeñan en esperar a la persona “adecuada”. Pasan los años y esta persona nunca llega. O tal vez sí llega, pero no son capaces de reconocerla porque están demasiado inhibidos emocionalmente. Un ejemplo de este tipo de comportamiento se da con relativa frecuencia en la adolescencia, en el amor no correspondido. El escenario habitual es el siguiente: el chico proyecta su ánima sobre una chica, pero ella no hace lo que él espera de ella. La imagen que él tiene de esta chica y la verdadera chica no concuerdan. Esto descoloca al chico, que decide que prefiere querer a su enamorada desde la distancia. La chica no sabe qué pensar: si se interesa por su pretendiente, él se aleja. Si no le hace caso, éste tiene fantasías absurdas acerca de ella. En otras palabras, no quiere estar con una pareja real.

 

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Una herramienta eficaz para tener buenas relaciones afectivas es hacer realidad nuestro sueño de vida sin depender de la persona amada.

 

Es decir, evitamos proyectar nuestros deseos de una vida determinada sobre el ser amado. En lugar de esto resulta mucho más eficaz ponerse manos a la obra e intentar llevar a cabo la vida que deseamos por nosotros mismos.

 

Cuando hayan aprendido a expresarse tal vez ya no se necesiten, podrán emparejarse con alguien que les haga más felices, en cualquier caso si siguen enamorados ya no serán personas dependientes, sino complementarias.

 

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En las proyecciones amorosas son bastante corrientes las parejas tradicionales estables que aceptan estos roles de sumisión y de dominancia. Relaciones de la dominancia y la sumisión que expresan un mundo jerarquizado en el que dependemos siempre de la aprobación de alguien o de algo.

 

El hombre tradicional no desarrolla su potencial femenino (por ejemplo, no aprende a cuidar a sus hijos) y se casa con una mujer que personifique sus carencias: una compañera tradicional y maternal, sin ambición profesional o que no ha desarrollado las emociones masculinas típicas, con la firmeza o la contundencia. Ella necesita casarse con un hombre que haga estas cosas por ella. Ambos desarrollarán, en mayor o menor medida, sólo los aspectos masculinos o femeninos de su psique. Este tipo de parejas forma una especie de fusión: juntos conforman una sola persona a través de la unión de sus fuerzas y debilidades. Si la relación fracasa, les será difícil intentar llevar una vida independiente ya que necesitarán encontrar a alguien que siga remediando sus carencias.

 

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