amar sin instrumentalizar

amar sin instrumentalizar a los demás

 

Las personas nacen con la capacidad de dar y recibir amor.

 

Muy pronto en la vida, sin embargo, suele ocurrir que nuestros padres empiezan a darnos o privarnos de su amor de forma intencionada, en función de si quieren recompensarnos o castigarnos. Es el mecanismo educativo que ellos probablemente aprendieron de sus padres.

 

Más tarde, este mecanismo del amor condicional se repetirá en el entorno social para obligarnos a ceptar ciertas normas y requisitos sociales. Como explica Susana Tamaro por boca de uno de sus personajes, “…es la extorsión terrible de la educación, a la que es casi imposible sustraerse: ningún niño puede vivir sin amor. Por eso aceptamos el modelo que se nos impone, incluso si lo encontramos injusto. El efecto de ese mecanismo no desaparece con la edad adulta”.

 

Poco a poco olvidamos lo que es el amor sin condiciones. Cuando llegamos a la edad en la que establecemos relaciones íntimas, hemos olvidado cómo se ama de forma natural e inocente. El amor se ha convertido en moneda de trueque y se crean los patrones emocionales negativos, entre ellos los de dependencia y de dominación: seguridad y protección a cambio de cuidados emocionales. Los adultos renuncian así a relaciones entre iguales, sin condiciones, que les permitan crecer y fortalecerse, apoyando a la pareja, pero centrados en su propia individualidad.

 

Uno de los obstáculos fundamentales a los que se enfrentará el adulto en sus relaciones íntimas será aprender a amar de nuevo desde el amor incondicional, tal y como se ha descrito.

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Respetar los límites de la pareja

 

Amar no da derecho a apropiarse o invadir el espacio privado de otro individuo. Sin embargo, los adultos solemos convivir con el miedo emocional a perder lo que consideramos nuestro. Disponemos de una serie de antídotos a este miedo camuflados en costumbres y ritos sociales, como son los contratos que firman las personas cuando se casan. Aunque en un principio se supone que la validez legal de estos contratos protege los bienes y la descendencia de la pareja, tendemos a ampliar el sentido de pertenencia al ámbito emocional. Así una mujer o un hombre se convierten en “mi mujer, mi marido”, y con ello parece que sus emociones y su vida también nos pertenecen.

 

Una convivencia, o una relación, libremente pactada entre dos adultos, implican ciertos deberes y obligaciones legales y también una responsabilidad emocional hacia el otro. Ampararnos en nuestra libertad personal para maltratar emocionalmente a los demás no es un ejercicio responsable de nuestros derechos. Cuando contraemos un vínculo emocional contraemos una responsabilidad que cada cual, de acuerdo con su conciencia, debe dirimir como mejor sepa.

 

Sin embargo, tampoco resulta lícito asimilar la vida y las emociones de otra persona como si nos perteneciesen. Estamos invitados a compartir esta vida, no a arrollarla. De forma similar el adolescente debe aprender no sólo a respetar el espacio de los demás, sino a hacer respetar su propio espacio. Una pareja que exije que el otro renuncie a ser él o ella mismo, a sus amigos, a sus aficiones o intereses, está mostrando una evidente falta de respeto hacia los demás.

 

Las personas tienen distintas capacidades para asimilar y aprender. Respetar a los demás implica también el respeto a su particular ritmo de asimilación y de crecimiento, y ese elemento debe estar presente en los juicios acerca del comportamiento de los demás. A veces el ego puede resultar susceptible y desconfiado y hacernos reaccionar de forma brusca ante los errores de los demás (“esto yo no me lo merezco”, “si cedo ahora no habrá marcha atrás”…) Conviene aprender a no juzgar a los demás desde esa perspectiva egocéntrica, sino desde un lugar menos posesivo, más empático y más compasivo. De nuevo un adolescente o un adulto con una buena autoestima, a gusto con sus emociones, tendrá la intuición natural de lo que es aceptable y de lo que no lo es y podrá apartarse de determinadas situaciones sin entrar en espirales de emociones negativas, como la tristeza o la ira. La solidez emocional lo ayudarán a refugiarse, en tiempos difíciles, en los afectos de su entorno cercano, en su sentido de pertenencia al mundo, en sus aficiones y en la lealtad a su propia persona.

 

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