Ahora eres un ortodoxo, pues te voy a decir lo que yo soy, yo soy una cínica. Lo mejor es que se hunda el Estado, y me da igual si se hunde con más deuda o si se hunde de la otra manera que ya se adivinaba con el austericidio. Porque se ha perdido el sentido del equilibrio.

El ascetismo más extremado se da allí donde se enfrentan bruscamente los dos términos de una dualidad ―cuerpo y alma, mundo y dios―, cuando las personas, atormentadas por una profunda esquizofrenia y recurriendo a la huida del mundo, a la abstinencia o a cualquier forma de negación, aspiran a librarse del principio “malo”, llámese redención o victoria del bien, o como decía Nietzsche burlonamente, “esa calma, esa hipnosis total largamente ansiada”.

El monacato es algo que se extendió por la India y el asceta fue tenido en consideración gracias a sus supuestas fuerzas sobrenaturales. El culto de Serapis egipcio también influyó en el monacato cristiano, y el budismo. El neopitagorismo que practicó una especie de asociacionismo más o menos conventual. Ese momento de la historia es crucial para entender cómo se extendió una ola de fanatismo, de abstinencia, libertinaje y severa mortificación. Todos esperaban el fin del mundo. Luego se reveló una falacia y la Iglesia lo cambió por un plazo más largo y por el esperado “reino eterno”.

Pero lo bueno era que los cristianos del primer monacato, con todas estas influencias cúlticas, no iban ni al teatro, ni a los juegos, ni a las fiestas de dioses y emperadores. Por todas partes, había ascetas pasando hambre.

A finales del siglo II, los prosélitos se multiplicaron, especialmente en el catolicismo que estaba surgiendo por aquel entonces, los ascetas constituyeron el núcleo de la comunidad. Practicaban una completa abstinencia sexual, ayunaban y rezaban con frecuencia y formaron poco a poco un estamento propio. Finalmente, abandonaron familia y sociedad y se organizó una especie de éxodo.

Los cristianos vivían solos, sin leyes y prescripciones, pero fue hacia el siglo IV cuando sucedió algo inaudito. Surgió en Tabennisi (Egipto) un monasterio dirigido por Pacomio, antiguo soldado romano. Fue él quien escribió la primera regla monacal, que imponía una disciplina militar y que, directa o indirectamente, influyó en las reglas.

Pero en el siglo V, el monacato cenobítico ya había crecido de tal modo que los ingresos fiscales del Estado se hundieron, eso es, se hundieron, extendiéndose además por Siria, todo Oriente y, finalmente, por Occidente.

Imagínate que nosotros también ahora hundamos al Estado con el exceso de deuda, sería otra forma de revelarnos contra esta burocracia asesina. Desde luego hay muchos recursos.

Pero finalmente y sorprendentemente, no obstante, en poco tiempo, la Iglesia consiguió poner el ascetismo y el monacato a su servicio y pudo reforzar así su poder mediante lo que había comenzado como protesta mística contra ella, como huida y renuncia al mundo.

Esto sí que sería una revolución pacífica. Pero la causa primera de esta escisión en la cristiandad fue el fuerte proceso de secularización, la total politización de los dirigentes de la jerarquía eclesiástica. Lo que supuso una “doble moral”. Y este es el cinismo del que yo hablo. Uno no sabe ya si es ortodoxo o heterodoxo y no está contento con nada. Finalmente se termina volviendo loco. La única forma de luchar contra este cinismo es en definitiva hacer que se hunda toda la administración. Y verás como luego ya nos escuchan al pueblo, a la gente sin recursos.

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